La celebración de la fiesta de Pesaj, con su tradicional 'seder', simboliza la unión familiar, pero en la práctica, en la víspera, la sociedad israelí se divide en dos grandes grupos: quienes están sumergidos en los preparativos culinarios y quienes trajinan preparando sus maletas ya que para ellos el 'seder' es sinónimo de 'escapada al exterior'.
Pero no es una división absoluta. En la intersección de ambos grupos habitan quienes no se entregan plenamente ni a una cosa ni a la otra, ya que su cabeza está en otro lugar, pensando en el hijo uniformado que esta fiesta le tocó "quedarse", en el mejor de los casos, en la base en la que está cumpliendo el servicio militar, y en el peor, en algún recóndito punto de los límites de este país, de ebullición constante.
Desde hace cuatro años hay un pequeño grupo más, ajeno a los anteriores: el que conforma la familia de Guilad Shalit, el soldado israelí que está secuestrado, en manos del Hamás, desde hace casi cuatro años. Para ellos no hay nada, ni comida, ni viaje, ni la añoranza a un hijo que esta fiesta no tuvo franco, sino un único deseo: que Guilad vuelva a casa.
Ines Weller desdeisrael@gmail.com
lunes, 29 de marzo de 2010
miércoles, 24 de marzo de 2010
Israel, en pleno ataque de limpieza
Como todos los años, a medida que Pesaj se acerca, la histeria general se agudiza. No me pregunten por qué, pero todos limpian. Se supone que es para sacar de la casa todo vestigio de levadura, cuya ingestión está prohibida durante la semana que dura esta fiesta. pero eso tendría lógica si se tratara únicamente de limpiar la cocina. Pero el ataque de limpieza invade TODA la casa, incluyendo armarios, desvanes, etc.
Como decia aquella vieja canción infantil: "En el puento de Avignón todos bailan, todos bailan". Habia una época que yo también me pasaba días trepada a una escalera, dando vuelta roperos en vísperas de la fiesta. Entonces sí, yo podía cantar "en Israel, todos limpian todos limpian. En Israel todos limpian y yo también". Tenía su encanto saberme parte de un rito de purificación que nunca entendí quien habia ordenado, pero que sin duda, colaboraba con la higiene nacional. Pero me cansé. Los años no vienen en vano.
Asi que ahora, sumergida en mi holgazanería, me resulta divertido ver el trajín de las mujeres de mi alrededor, ya que con mis largos años en el país, no recuerdo haber visto nunca un hombre que ponga su casa 'patitas para arriba', agua y jabón en mano. Claro, que no es tan fácil mantenerse ajena. Sin ir más lejos, hoy a la mañana sonó el teléfono a una hora inusitada, al menos en mi casa. Felizmente, para mí y para mi vecina de arriba, yo ya estaba despierta. Digo para mi vecina de arriba, porque no quiero pensar cuáles habrían sido las consecuencias de nuestra armoniosa vecindad si su llamado me hubiese despertado. (Si hay algo que odio en este mundo es que me despierten sin necesidad).
La atendí mientras mi vista reposaba en el balcón, perdiéndose en el día radiante que amanecía pero al ver su nombre en la pantallita del teléfono, volví de sopetón a nuestra límpida realidad: "No me digas nada", me adelanté, "querés que entre la ropa". Efectivamente, esta buena señora se apiadó de mi ropa limpia colgada én la soga (con el sol israeli´, usar el secador es un verdadero pecado ambiental), ya que ella, fiel a la tradición, estaba a punto de baldear sus ventanas.
Obviamente, no es la única. Ayer, mientras caminaba por la calle vi por primera vez el interior de un departamento de un primer piso que pasa todo el año con las persianas bajas. No sé quien vivirá ahí, pero aquí, hasta el más empedernido hermitaño no logra zafar de la semana de aseo nacional.
Dentro de todo, es un "raye" nacional positivo, sobretodo si se lo compara con otras costumbres mucho menos digeribles con las que uno se topa por estos pagos.
Ines Weller desdeisrael@gmail.com
Como decia aquella vieja canción infantil: "En el puento de Avignón todos bailan, todos bailan". Habia una época que yo también me pasaba días trepada a una escalera, dando vuelta roperos en vísperas de la fiesta. Entonces sí, yo podía cantar "en Israel, todos limpian todos limpian. En Israel todos limpian y yo también". Tenía su encanto saberme parte de un rito de purificación que nunca entendí quien habia ordenado, pero que sin duda, colaboraba con la higiene nacional. Pero me cansé. Los años no vienen en vano.
Asi que ahora, sumergida en mi holgazanería, me resulta divertido ver el trajín de las mujeres de mi alrededor, ya que con mis largos años en el país, no recuerdo haber visto nunca un hombre que ponga su casa 'patitas para arriba', agua y jabón en mano. Claro, que no es tan fácil mantenerse ajena. Sin ir más lejos, hoy a la mañana sonó el teléfono a una hora inusitada, al menos en mi casa. Felizmente, para mí y para mi vecina de arriba, yo ya estaba despierta. Digo para mi vecina de arriba, porque no quiero pensar cuáles habrían sido las consecuencias de nuestra armoniosa vecindad si su llamado me hubiese despertado. (Si hay algo que odio en este mundo es que me despierten sin necesidad).
La atendí mientras mi vista reposaba en el balcón, perdiéndose en el día radiante que amanecía pero al ver su nombre en la pantallita del teléfono, volví de sopetón a nuestra límpida realidad: "No me digas nada", me adelanté, "querés que entre la ropa". Efectivamente, esta buena señora se apiadó de mi ropa limpia colgada én la soga (con el sol israeli´, usar el secador es un verdadero pecado ambiental), ya que ella, fiel a la tradición, estaba a punto de baldear sus ventanas.
Obviamente, no es la única. Ayer, mientras caminaba por la calle vi por primera vez el interior de un departamento de un primer piso que pasa todo el año con las persianas bajas. No sé quien vivirá ahí, pero aquí, hasta el más empedernido hermitaño no logra zafar de la semana de aseo nacional.
Dentro de todo, es un "raye" nacional positivo, sobretodo si se lo compara con otras costumbres mucho menos digeribles con las que uno se topa por estos pagos.
Ines Weller desdeisrael@gmail.com
jueves, 11 de marzo de 2010
Coqui Sosa en Israel

Esta semana tuve la oportunidad de conocer y entrevistar (para la sección Música en Ynet.co.il) al cantante y compositor Coqui Sosa, el sobrino de la gran Mercedes Sosa, (que vino a dar tres shows) para descubrir, en buena hora, que a pesar de los lazos de sangre que lo unen a uno de los hitos de la música latinoaméricana, se mantiene con los pies en la tierra y la mirada "a la altura de los ojos", como se dice en hebreo.
Este hecho me parece digno de admiración, sobretodo en el marco de la era en que vivimos, en la que tantos se avalanchan sobre el status de "celebridad" celestial, haciéndolo suyo, a pesar de que no tienen, ni por lejos, el talento y la carrera que vislumbré en mi primer encuentro con nuestro fugaz húesped.
Reconozco que en mi condición de inexperta en el terreno de la música, no tengo autoridad para hablar de capacidades, pero por suerte, eso no me quita el derecho a que una canción me llegue. Y una que me "tocó" fuerte es "Cantora del Pueblo", que Coqui escribió en el sanatorio, mientras acompañaba junto a los suyos a su tía, en sus últimas horas, y que felizmente, después de guardársela, durante meses, decidió compartirla con su público, sacándola a la luz en su web: http://www.coquisosa.com.ar/)
Apuesto a que cuando la escuchen (lo recomiendo) corroborarán lo que se sentí desde el primer verso, la escribió con el corazón. ¡Qué la disfruten!
Ines Weller desdeisrael@gmail.com
Este hecho me parece digno de admiración, sobretodo en el marco de la era en que vivimos, en la que tantos se avalanchan sobre el status de "celebridad" celestial, haciéndolo suyo, a pesar de que no tienen, ni por lejos, el talento y la carrera que vislumbré en mi primer encuentro con nuestro fugaz húesped.
Reconozco que en mi condición de inexperta en el terreno de la música, no tengo autoridad para hablar de capacidades, pero por suerte, eso no me quita el derecho a que una canción me llegue. Y una que me "tocó" fuerte es "Cantora del Pueblo", que Coqui escribió en el sanatorio, mientras acompañaba junto a los suyos a su tía, en sus últimas horas, y que felizmente, después de guardársela, durante meses, decidió compartirla con su público, sacándola a la luz en su web: http://www.coquisosa.com.ar/)
Apuesto a que cuando la escuchen (lo recomiendo) corroborarán lo que se sentí desde el primer verso, la escribió con el corazón. ¡Qué la disfruten!
Ines Weller desdeisrael@gmail.com
miércoles, 24 de febrero de 2010
La voz de mando
Ayer viajé en colectivo (ómnibus), lo que hago muy de vez en cuando. Como estaba cansada opté por sentarme en un asiento que detesto pero que era el único que estaba disponible, de ésos en los que uno se sienta "al revés", o sea, mirando hacia donde uno viene, en vez de hacia donde uno va. Más allá del malestar físico que me produce esa ubicación, me molesta, por principio, el hecho de avanzar mirando lo que uno deja atrás.
De todos modos, esta vez me vino bien por la anécdota que paso a relatar. Apenas el ómnibus comenzó a viajar la señora que estaba sentada frente a mi me dice, con claro acento ruso: "UNO - UNO - CUATRO". Ni una palabra más, ni una palabra menos. Como yo me quedé mirándola, tratando de descifrar la consigna, ella empezó a repetirla con un tono cada vez más desesperado: "¡Uno - uno - cuatro!"; "¡uno - uno - cuatro!". Después de un par de veces, creí entender que me estaba preguntando si ése era el colectivo línea 114. Le dije que no, que ése es el "uno - uno - tres". Ella insistió, más atormentada aún, y acompañando la cantinela con ademanes que señalaban la calle. Finalmente entendí que me estaba preguntado, donde había una parada del colectivo "uno, uno, cuatro". Le dije que no sabía pero la señora rusa no tuvo tiempo de afligirse ya que inmediatamente la señora que viajaba a mi lado, de origen etíope le contestó: "Yo, uno - uno - cuatro", acompañando sus palabras con una sonrisa de oreja a oreja, mientras que con las manos le explicaba, con suma dulzura, estirando su brazo hasta rozarle la falda con la mano derecha, la cual volvió inmediatamente hacia ella, que se baje donde ella se baja.
No sé si la señora de Etiopía habló de esa manera por sus propias limitaciones idiomáticas o para asegurarse que su flamante protegida la entendiera perfectamente. La cosa es que ambas continuaron el viaje con una sonrisa en los labios. Una parecía más feliz que la otra. Después de menos de diez minutos, la señora etíope se paró con total seguridad, como quien realiza ese recorrido de manera rutinaria, y se fue hacia la puerta de adelante (lo que confirmaba la firmeza con la que se movía, ya que formalmente debía bajar por la puerta de atrás). La señora rusa se levantó y comenzó a seguir a su gentil guía, como todos los pasajeros que habíamos sido testigo del episodio esperáramos que hiciera.
Pero... mientras la señora rusa se aproximaba a la puerta de adelante un señor, de acento tzabar (nativo de Israel) sentenció: "En esta parada no, más adelante". La sonrisa de la señora desapareció al instante y dejándose llevar por el vozarrón viril, que evidentemente le inspiró mayor confianza que la de la pasajera etíope, se quedó arriba del colectivo, para comprobar, apenas éste retomó la marcha, que aquella, había sido la última parada en la que podía tomar el UNO - UNO - CUATRO. O sea, la mujer etíope sabía lo que decía. (No quiero ni imaginar la frustración de ésta cuando se descubrió sola en tierra firme).
Por lo general no acostumbro a poner las manos en el fuego por nada ni nadie pero esta vez, lo hago, apostando a que si hubiera sido al revés, si un señor con acento tzabar le hubiera dicho que se baje y una señora etiope a último momento hubiera "sentenciado" que no, que no era áquella la parada correcta, la señora rusa, nunca le hubiera hecho caso a esta última. No cabe duda, en el reino de los prejuicios, un vozarrón viril + acento tzabar lleva las de ganar.
Ines Weller desdeisrael@gmail.com
De todos modos, esta vez me vino bien por la anécdota que paso a relatar. Apenas el ómnibus comenzó a viajar la señora que estaba sentada frente a mi me dice, con claro acento ruso: "UNO - UNO - CUATRO". Ni una palabra más, ni una palabra menos. Como yo me quedé mirándola, tratando de descifrar la consigna, ella empezó a repetirla con un tono cada vez más desesperado: "¡Uno - uno - cuatro!"; "¡uno - uno - cuatro!". Después de un par de veces, creí entender que me estaba preguntando si ése era el colectivo línea 114. Le dije que no, que ése es el "uno - uno - tres". Ella insistió, más atormentada aún, y acompañando la cantinela con ademanes que señalaban la calle. Finalmente entendí que me estaba preguntado, donde había una parada del colectivo "uno, uno, cuatro". Le dije que no sabía pero la señora rusa no tuvo tiempo de afligirse ya que inmediatamente la señora que viajaba a mi lado, de origen etíope le contestó: "Yo, uno - uno - cuatro", acompañando sus palabras con una sonrisa de oreja a oreja, mientras que con las manos le explicaba, con suma dulzura, estirando su brazo hasta rozarle la falda con la mano derecha, la cual volvió inmediatamente hacia ella, que se baje donde ella se baja.
No sé si la señora de Etiopía habló de esa manera por sus propias limitaciones idiomáticas o para asegurarse que su flamante protegida la entendiera perfectamente. La cosa es que ambas continuaron el viaje con una sonrisa en los labios. Una parecía más feliz que la otra. Después de menos de diez minutos, la señora etíope se paró con total seguridad, como quien realiza ese recorrido de manera rutinaria, y se fue hacia la puerta de adelante (lo que confirmaba la firmeza con la que se movía, ya que formalmente debía bajar por la puerta de atrás). La señora rusa se levantó y comenzó a seguir a su gentil guía, como todos los pasajeros que habíamos sido testigo del episodio esperáramos que hiciera.
Pero... mientras la señora rusa se aproximaba a la puerta de adelante un señor, de acento tzabar (nativo de Israel) sentenció: "En esta parada no, más adelante". La sonrisa de la señora desapareció al instante y dejándose llevar por el vozarrón viril, que evidentemente le inspiró mayor confianza que la de la pasajera etíope, se quedó arriba del colectivo, para comprobar, apenas éste retomó la marcha, que aquella, había sido la última parada en la que podía tomar el UNO - UNO - CUATRO. O sea, la mujer etíope sabía lo que decía. (No quiero ni imaginar la frustración de ésta cuando se descubrió sola en tierra firme).
Por lo general no acostumbro a poner las manos en el fuego por nada ni nadie pero esta vez, lo hago, apostando a que si hubiera sido al revés, si un señor con acento tzabar le hubiera dicho que se baje y una señora etiope a último momento hubiera "sentenciado" que no, que no era áquella la parada correcta, la señora rusa, nunca le hubiera hecho caso a esta última. No cabe duda, en el reino de los prejuicios, un vozarrón viril + acento tzabar lleva las de ganar.
Ines Weller desdeisrael@gmail.com
viernes, 12 de febrero de 2010
Paraiso para friolentos
Muchas cosas se pueden decir de Israel, menos que es un paraíso. Sin embargo, eso es lo que siento, por momentos, desde mi perfil de friolenta porfiada, cuando inmersa en la ola de calor que nos invade en pleno invierno, me paseo muy fresca con mi remera de algodón frente al televisor, mientras que desde la pantalla, las nieves de Washington y Berlín, con las cuales compartimos hemisferio, compiten por llamar mi atención. Reconozco que por momentos la blancura, tan bella como romántica, me llama, pero si lo pienso dos veces me quedo con nuestros días, mucho menos sexys pero más cálidos y diáfanos.
Ines Weller desdeisrael@gmail.com
Ines Weller desdeisrael@gmail.com
domingo, 31 de enero de 2010
La solución más simple
La otra noche se me tapó la pileta de la cocina. A la mañana siguiente tuve que salir muy temprano y pasé todo el día afuera, tratando, en vano, de desconectarme del problemón que me esparaba en casa. Cuando volvi, a la tardecita, no me quedó más remedio que enfrentarme con las aguas caprichosamente estancadas.
Lo primero que pensé fue llamar al plomero que había venido un par de semanas atrás, por el mismo percance, que se suponía que había solucionado. Me detuvo la certeza de que su dictamen sería, realizar un arreglo más grande y costoso. Ante este panorama aterrador salí corriendo al supermercado, del que volví, al mismo ritmo, con dos productos químicos cuya misión en esta vida es destapar piletas. Ambos ostentaban etiquetas que rezaban: 'para obstrucciones grandes'.
Aunque comunmente evito este tipo de quehaceres, un poco por espíritu ecologista y mucho por miedo, lo preferí ante la alternativa de implementar el plan B: desarmar la tuberia ubicada debajo de la pileta. Una amiga que lo hace regularmente me alentó a ponerme manos a la obra, pero yo sabia que con mucha suerte lograría desarmarla. ¿Rearmarla? Nunca.
Felizmente, una vez descartado el proceso químico como solución, en la negrura que veian mis ojos irrumpió una mancha colorada que fue tomando forma: ¡era una sopapa! El utensillo destapador surgió en mi mente cuando intenté preparme emocionalmente para el regreso del plomero. Entonces recordé que la primer frase que pronunció el buen hombre en su última visita había sido: "Sra, probó con una sopapa?"
En aquel momento su pregunta me desconcertó. Nunca le había atribuído virtud alguna a ese palito con cabeza de goma. Más que como una herramienta de trabajo, siempre lo había visto como una base sólida para armar un títere. Pero entre el regreso del plomero o desarmar la tuberia, opté por salir nuevamente, esta vez a los saltos, a comprar una sopapa, por primera vez en mi vida.
Y aquí llega la conclusión que originó el título de este post. Bastaron dos presiones sobre el agujero de la pileta para que las aguas emprendan una veloz retirada, cual si hubieran percibido que los sonidos de la flauta de Hamelín, las llamaban desde las profundidades. Tal vez bastó una pero eso no lo sabré nunca ya que repeti la operación de inmediato, convencida de que un intento no podría hacer gran cosa. Asi fue como aprendí que ante un problema, lo primero que hay que intentar es la solución más simple.
Ines Weller desdeisrael@gmail.com
Lo primero que pensé fue llamar al plomero que había venido un par de semanas atrás, por el mismo percance, que se suponía que había solucionado. Me detuvo la certeza de que su dictamen sería, realizar un arreglo más grande y costoso. Ante este panorama aterrador salí corriendo al supermercado, del que volví, al mismo ritmo, con dos productos químicos cuya misión en esta vida es destapar piletas. Ambos ostentaban etiquetas que rezaban: 'para obstrucciones grandes'.
Aunque comunmente evito este tipo de quehaceres, un poco por espíritu ecologista y mucho por miedo, lo preferí ante la alternativa de implementar el plan B: desarmar la tuberia ubicada debajo de la pileta. Una amiga que lo hace regularmente me alentó a ponerme manos a la obra, pero yo sabia que con mucha suerte lograría desarmarla. ¿Rearmarla? Nunca.
Felizmente, una vez descartado el proceso químico como solución, en la negrura que veian mis ojos irrumpió una mancha colorada que fue tomando forma: ¡era una sopapa! El utensillo destapador surgió en mi mente cuando intenté preparme emocionalmente para el regreso del plomero. Entonces recordé que la primer frase que pronunció el buen hombre en su última visita había sido: "Sra, probó con una sopapa?"
En aquel momento su pregunta me desconcertó. Nunca le había atribuído virtud alguna a ese palito con cabeza de goma. Más que como una herramienta de trabajo, siempre lo había visto como una base sólida para armar un títere. Pero entre el regreso del plomero o desarmar la tuberia, opté por salir nuevamente, esta vez a los saltos, a comprar una sopapa, por primera vez en mi vida.
Y aquí llega la conclusión que originó el título de este post. Bastaron dos presiones sobre el agujero de la pileta para que las aguas emprendan una veloz retirada, cual si hubieran percibido que los sonidos de la flauta de Hamelín, las llamaban desde las profundidades. Tal vez bastó una pero eso no lo sabré nunca ya que repeti la operación de inmediato, convencida de que un intento no podría hacer gran cosa. Asi fue como aprendí que ante un problema, lo primero que hay que intentar es la solución más simple.
Ines Weller desdeisrael@gmail.com
sábado, 19 de diciembre de 2009
El arte de "poner un pie"
La semana pasada acompañé a una amiga a hacerse una ecografía. Por motivos que desconocemos el médico le había aconsejado hacérsela en un hospital determinado. Cuando llegamos, veinte minutos antes de la hora indicada (las 16.00 hs) la secretaria nos indicó esperar al lado de la puerta número 4. Para nuestra sorpresa, o en realidad la sorpresa hubiera sido que no sea así, frente a la mencionada puerta éramos varios los citados para las cuatro en punto. Pero no hizo falta preguntar nada. Sobre la pared, al lado de la puerta corrediza que se abria sólo desde adentro (no es que peque de detallista, sino que éste es un detalle trascendental) había un vistoso cartel que aclaraba: "La entrada de los pacientes NO es por riguroso orden de llegada, sino en función de la urgencia médica y otras consideraciones del personal profesional".
Como se pueden imaginar -si todavía tienen presente el hecho de que estábamos en un hospital- entre los concurrentes había varios pacientes que llegaron en camillas, sillas de ruedas, etc. Ante este panorama, nosotras, felices de haber llegado por nuestros propios medios, nos apoyamos sobre la pared frente a la puerta, provistas de toda la paciencia del mundo.
Y fue ahí, desde nuestro puesto de paciente espera, que tuvimos la oportunidad de ver un típico 'paso' israelí (no de baile precisamente), cuando una pareja, de alrededor de 40 años, se hizo presente. Casualmente la pareja llegó justo cuando la puerta corrediza (¿se acuerdan que les dije que era un detalle trascendental?) que habia estado abierta durante unos minutos, se empezó a cerrar. El hombre, con el característico ímpetu local, apresuró su paso y puso un pie, literalmente, dentro de la Sala de Ecografías, impidiendo que la puerta se cierre.
Fue tal su precipitación que el hombre no vio nada. Ni el hecho de que éramos varios los que esperábamos frente a la puerta -incluyendo gente en camilla y sillas de rueda; un bebé llorando, etc.- ni el cartel de la pared. El hombre actuó impulsado por su 'opción por defecto', según la cual, cuando vea que una puerta se está por cerrar frente a sus narices, corra a poner un pie.
Ines Weller desdeisrael@gmail.com
Como se pueden imaginar -si todavía tienen presente el hecho de que estábamos en un hospital- entre los concurrentes había varios pacientes que llegaron en camillas, sillas de ruedas, etc. Ante este panorama, nosotras, felices de haber llegado por nuestros propios medios, nos apoyamos sobre la pared frente a la puerta, provistas de toda la paciencia del mundo.
Y fue ahí, desde nuestro puesto de paciente espera, que tuvimos la oportunidad de ver un típico 'paso' israelí (no de baile precisamente), cuando una pareja, de alrededor de 40 años, se hizo presente. Casualmente la pareja llegó justo cuando la puerta corrediza (¿se acuerdan que les dije que era un detalle trascendental?) que habia estado abierta durante unos minutos, se empezó a cerrar. El hombre, con el característico ímpetu local, apresuró su paso y puso un pie, literalmente, dentro de la Sala de Ecografías, impidiendo que la puerta se cierre.
Fue tal su precipitación que el hombre no vio nada. Ni el hecho de que éramos varios los que esperábamos frente a la puerta -incluyendo gente en camilla y sillas de rueda; un bebé llorando, etc.- ni el cartel de la pared. El hombre actuó impulsado por su 'opción por defecto', según la cual, cuando vea que una puerta se está por cerrar frente a sus narices, corra a poner un pie.
Ines Weller desdeisrael@gmail.com
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