Pinceladas y reflexiones sobre la vida cotidiana a orillas del Mediterráneo

martes, 11 de abril de 2023

El "gran paso": ¿darlo o no darlo?



Muchas veces un “gran paso” que elegí dar me llevó de una sensación de cautiverio a una de liberación. 

En realidad, más de una vez resultó ser un paso relativamente pequeño porque lo di recién después de pasar una larga y ambivalente estadía al lado de alguna frontera... 

Las situaciones fueron más y menos dramáticas, y las emociones que me acompañaron, más y menos encontradas. Pero siempre prevaleció una sensación gratificante. Por el solo hecho de hacer. De animarme a elegir. De jugarme. Sabiendo que tal vez, me esté equivocando…

Por toda esta vasta experiencia en el tema es que hoy me deseo, y extiendo mi deseo a todo/a aquel/lla que cayó en la tentación de leer estas palabras, a animarnos, en vísperas del final de la Fiesta de la Libertad 2023, conocida popularmente como Pésaj, a volver a elegir. Volver a dar el paso a lo que hoy sintamos que representa nuestra libertad... 

Sabiendo que tal vez, nos estemos equivocando…

¡Jag Saméaj!

sábado, 27 de agosto de 2022

Lección de geografía masiva y personalizada



Cuando me percaté de la lógica que determina las nuevas tarifas del transporte público, según la reforma que rige desde principios de mes, no sabía si reírme o llorar…

Resulta que para saber qué boleto/pasaje comprar, no es suficiente conocer nuestro destino como era habitual. ¡También tenemos que saber cuál es la distancia, en km, que nos separa de él! Como si esto fuera poco… no se trata de la distancia por ruta, que podríamos tener alguna vaga idea, sino, la distancia aérea.

Así las cosas, parece ser que quienes usamos transporte público no tenemos más remedio que aceptar el desafío y, preferentemente improvisando  una sonrisa, participar de esta masiva, personalizada y obligada lección de geografía.

 

 

sábado, 20 de agosto de 2022

Llegar a un lugar inimaginable

                                                                                                                                                                                               Foto: Haim Zach – Ofic, de Prensa del Gob        Cada vez que veo a Yair Lapid en su relativamente flamante  (¿y fugaz?) puesto de primer ministro siento un pellizco de emoción que nada tiene que ver con posturas políticas. Empatía pura.

Es verdad que al asumir el rol de premier Lapid demostró que, a veces, los deseos se cumplen, pero no fue eso lo que me “tocó”. En realidad, fue lo contrario.

Si bien cuando comenzó su carrera política apuntaba hacia el “trono”, adivino que años atrás, cuando el joven Yair daba sus primeros pasos en el exitoso carrerón que hizo como conductor de TV, la idea de entrar en los zapatos de David Ben Gurión, y colegas, no se le pasaba por la cabeza.

Este tipo de situaciones, en las que nos descubrimos en un lugar con claras connotaciones de crecimiento personal, al que nunca imaginamos llegar, me conmueven.

Un momento así viví cuando debuté, con manos temblorosas, frente al volante. Recuerdo que al estacionar, después de mi primer viaje, sentí como si palpara mi transformación, de mujer sin registro a mujer conductora… Con todas las implicaciones de este cambio de categoría.

¡Cómo podés comparar! pensarán, tal vez, al leer mi prosaico y modesto ejemplo frente al desafiante "salto" que dio Don Lapid.

Pero si hay algo que aprendí a lo largo de los años es que los logros no se pueden comparar. Para mí, desde la perspectiva de mi punto de partida, sacar registro (y largarme a manejar) fue una hazaña gigante, no menor que la del susodicho al llegar a tan prestigioso puesto.

No es tarea fácil, lo digo por experiencia, pero me parece que por aquí pasa la clave: en lugar de valorar lo que hicimos en función de lo que hicieron otros, valorarlo en función  del itinerario que recorrimos hasta hacerlo...


miércoles, 10 de agosto de 2022

El país es chico pero la grieta es grande




Como era de esperar, en vísperas de las próximas elecciones gubernamentales –programadas para el 1 de noviembre 2022–, la grieta alrededor de la disyuntiva con o sin Bibi (como llaman todos acá al ex premier Benjamín Netanyahu) adquirió gran protagonismo.

Sin embargo, hoy, a raíz de la reciente Operación Amanecer, me urge hablar de otra de las tantas grietas que pululan por estos pagos, la que separa a la población de Israel en dos mundos: el de quienes vivieron durante esta escalada situaciones límites y un sinfín de dificultades y, a años luz de distancia, aunque a nivel geográfico está a solo algunos kilómetros, el de quienes vivimos en otro planeta, en el que no hubo alarmas, ni corridas a refugios, ni rutas cerradas, y el servicio de trenes continuó respetando (con su conocido albedrío) sus horarios.

Esto me recordó la frase que dijo mi hijo mayor cuando a los 4 o 5 años vio por primera vez el minúsculo lugar que ocupa Israel en el mapamundi: “Israel es un país chico por fuera pero grande por dentro”. (Aprovecho para sugerir a los padres jóvenes registrar estas “perlitas” de sus retoños).

Desde su mirada infantil me explicó entonces la paradoja de cómo un país-pañuelo genera brechas gigantes.


lunes, 4 de julio de 2022

Siete meses, todo un mundo


Los siete meses que pasaron desde mi post anterior (abajo), me los perdoné con relativa facilidad. En cambio, me cuesta aceptar que en tan poco tiempo quedó caduco. De no ser por la fecha de publicación, al releerlo ahora hubiera creído que lo escribí hace una década.

Primero, porque Bennett ya no es el primer ministro. En realidad, en un país adicto a las elecciones nacionales como este, no debí mencionar este detalle.

Segundo, porque los jóvenes de hoy ya no tiran al tacho el boleto de papel. Obviamente, no dejaron de hacerlo por haberse convencido de la necesidad de conservarlo hasta el final del viaje sino porque ya no lo reciben. Es más, al subir al ómnibus no solo pasan por alto al tacho sino al mismísimo conductor.

La buena noticia es que de no ser por pasajeros reaccionarios como la autora de estas líneas, los conductores estarían ¡por fin! liberados de la tarea de vender boletos. Porque, en estos días, con celular en mano, ¿quién necesita interactuar con otro ser humano?

En este caso, basta con apuntar con la camarita hacia el código QR estampado en un lugar saliente del ómnibus y la tarea de abonar concluye al sonido del clic.

El veloz ritmo en que las aplicaciones digitales conquistan más y más terrenos no es santo de mi devoción pero, le encontré algo bueno: me sirve de incentivo para desarrollar mi creatividad al intentar adivinar ¿qué novedad se estará gestando en estos precisos momentos?

Como imagino que mi esfuerzo resultará infructuoso, me conformo con el placer que me produce registrar aspectos pintorescos de nuestro querido y vertiginoso siglo 21.


sábado, 13 de noviembre de 2021

¿A dónde fue a parar la brecha generacional? ¡Al tacho de basura!

Casualmente, la semana en que Benett viajó con todos sus amiguitos a la Conferencia de la ONU en Glasgow sobre el cambio climático yo viajé un par de veces en transporte público.

Obviamente, ya había viajado otras veces pero se ve que el hecho de que la crisis climática protagonizaba los titulares en aquellos días (¿o tal vez fue la influencia de mi nuevo amiguito, el Sr. Mindfulness?) me llevó a darme cuenta de algo que no había percibido antes.

Casi todos los adolescentes y veinteañeros que recibían del conductor un boleto de papel se inclinaban ipso facto hacia el tacho de basura que está en la entrada al ómnibus y, para mi sorpresa, tiraban el boleto que acababan de recibir…

Si un turista extranjero hubiera presenciado tal escena seguramente habría supuesto que existe alguna ordenanza que obliga a despojarse de inmediato del pedacito de papel en cuestión.

Pero mi sensación como testigo presencial, a un metro del lugar de los hechos y añares de la edad de sus protagonistas, era que seguramente estos jóvenes saben algo que yo me niego a aceptar: que el boleto de papel es innecesario.

De más está decir que nunca en la vida se me ocurrió tirar un boleto antes de finalizar un viaje, fiel cumplidora de la orden explícita que aparece en el boleto impreso: “conservar para control”.

 En realidad, estos jóvenes tienen razón. En estos tiempos digitales el control se puede realizar mediante la tarjeta Rav-Kav (múltiples líneas) –equivalente a la SUBE argentina–, que todo pasajero en el transporte público debe poseer. Pero no se ilusionen. Mientras siga recibiendo un boleto de papel con la orden: “conservar para control”, continuaré pasando por alto el tacho de basura.

Se sabe que las costumbres no salvarán al planeta pero no hay recurso más eficaz que ellas para conservar la paz interior.

martes, 9 de noviembre de 2021

Girasol de mi alma



El girasol es, para mi gusto, una de las flores más lindas pero no fue su belleza lo que llevó al girasol que ilustra este post a convertirse en su protagonista, sino lo que él representa para mí: el triunfo de la apertura por sobre la rigidez.

Antes de cometer la “osadía” de plantar un par de semillas de girasol en una maceta de mi querido balcón estaba apegada a dos principios que consideraba certeros e incuestionables:

        1. El girasol es una planta difícil de cultivar.

        2. Yo no sirvo para hacer crecer plantas. Siempre se me mueren antes de florecer o un segundo después.

     Felizmente, desde hace un tiempo –paralelamente a mi descubrimiento del mindfulness (atención plena)– adopté una actitud distinta, más flexible, que me lleva a apagar, con mucha más frecuencia que antes, el disparador automático para detenerme a observar, cuestionar, entender qué está pasando e identificar dentro de mí modelos de reacciones casi anquilosados.

La pequeña grieta que se abrió en el caparazón de mi autonocimiento sabelotodo me propuso un desafío, impensable para mí en otros tiempos: animarme a probar algo nuevo.

El resultado, les sonríe a la vista.

Obviamente, esto no quiere decir que estoy convencida que de aquí en más saldré airosa de todo lo que me proponga y que mi vida se llenará de todo tipo de “girasoles”.

Pero quiero creer que esta experiencia, aparentemente insignificante, haya afianzado en mí, aunque sea mínimamente, mi debilitado ímpetu para objetar verdades tan erróneas como legendarias.

 

Ines Weller desdeisrael@gmail.com